De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, cada año se desperdician 1.300 millones de toneladas de comida.

El impacto de estos residuos va más allá de los contenedores de basura. Cuando se tiran los alimentos, también se desperdician los recursos necesarios para producirlos, procesarlos y transportarlos.

Para producir los alimentos que se desechan se emplean enormes cantidades de productos químicos, fertilizantes, combustibles y tierras. Los alimentos que no se comen acaban en vertederos.

Una parte del flujo de residuos que se suele olvidar son los residuos de coste completo, que proceden de productos que se fabrican, envasan y distribuyen sin llegar nunca a venderse y consumirse.

Para abordar esta pérdida de manera directa, los fabricantes, junto con los minoristas y los organismos gubernamentales, se esfuerzan cada vez más en implementar soluciones de envasado avanzadas que prolonguen la vida útil de almacenamiento y minimicen los residuos.

 

Etiquetas inteligentes y soluciones sistemáticas

Durante décadas, las etiquetas de caducidad han determinado cuándo debía desecharse un producto. Aunque funcionan, se basan en estimaciones y no en las condiciones reales. Allí donde fallan las etiquetas de caducidad es precisamente donde destacan las etiquetas inteligentes.

Se trata de un salto tecnológico que permite controlar la temperatura y saber cuándo un alimento presenta riesgo de estar estropeado. Las etiquetas inteligentes representan una revolución en la cadena de frío que permite un envío más eficiente y seguro de los alimentos perecederos.

Las soluciones inteligentes ofrecen a los consumidores y los vendedores la posibilidad de realizar un uso más eficaz de los alimentos antes de dirigirlos al flujo de residuos. Por su parte, las soluciones a gran escala también pueden transformar la infraestructura de gestión de los residuos.

 

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Los procesos de MAP, HPP y pasteurización conservan la frescura

El envasado en atmósfera modificada (MAP) puede prolongar en gran medida la vida de los alimentos frescos o mínimamente procesados, reduciendo al mismo tiempo el impacto ambiental. Por ejemplo, mitiga significativamente la cantidad de oxígeno que queda en las bolsas de productos como el queso rallado, las papas fritas y las carnes, lo que retrasa su descomposición.

Los gases que permanecen dentro (normalmente nitrógeno y CO2) no reaccionan con los productos alimenticios ni los degradan, por lo que el contenido se mantiene fresco más tiempo. El envasado en atmósfera modificada en equilibrio (EMAP), derivado de esta tecnología, contiene bajos niveles de oxígeno y una mayor proporción de CO2, conservando los productos frescos.

La pasteurización es otro método de eficacia probada para preservar la frescura y la seguridad de los alimentos. El procesamiento a alta presión (HPP) es un proceso de pasteurización en frío cada vez más popular que se utiliza para eliminar bacterias como E. coli y salmonela. Los alimentos se procesan, envasan y tratan a presión, normalmente con agua, a temperaturas de refrigeración.

El proceso preserva el color, la textura y el sabor de los alimentos, así como sus vitaminas y nutrientes. Los fabricantes de alimentos pueden aumentar notablemente la vida útil de almacenamiento de sus productos con el HPP, eliminando o reduciendo significativamente los conservantes y los aditivos artificiales y proporcionando un producto más sano y natural.

Así, son muchas las compañías que están adoptando este método, porque responde a las demandas de los consumidores, que buscan alimentos sin aditivos ni conservantes y opciones respetuosas con el medio ambiente.

Fuente: interempresas