Limpieza y desinfección son dos axiomas básicos que aparecen de forma permanente al principio de todos los protocolos de bioseguridad frente a cualquier enfermedad o problema sanitario. Del mismo modo, ya empieza a ser evidente y comprensible el concepto de limpieza previa a la desinfección, pues sin ella la mala separación es poco efectiva.

No obstante, limpiar no es un proceso sencillo. Arrastrar las partículas gruesas con un equipo de alta presión es solo un trabajo superficial, ya que en una inspección detallada nos encontraremos restos de grasas y material orgánico al interior de las instalaciones y equipamientos.

La fina película de restos orgánicos que recubre muchos equipamientos de la instalación no es más que un biofilm, una comunidad de bacterias que se agrupan y forman un microsistema organizado sobre prácticamente cualquier superficie, y que se caracteriza por la excreción de una matriz extracelular adhesiva protectora que les envuelve, aislándolos del exterior.

Dentro de esta matriz la comunidad bacteriana se reproduce y va dispersándose por la instalación, actuando de reservorio de enfermedades, ya que dentro de esta comunidad habitan bacterias patógenas, como salmonelas o coli.

Si no se realiza una limpieza a fondo previa a la desinfección, las comunidades de biofilm se ven apenas afectadas y permanecen en la instalación, siendo el origen de procesos crónicos que afectan la producción.

Pero, ¿cómo actúan las espumas tensioactivas?

Los agentes tensioactivos son sustancias que influyen por medio de la tensión superficial en la superficie de contacto entre dos fases (por ejemplo entre líquidos o superficie-líquido). En la industria de alimentos tienen un uso preferencial previo a la desinfección, pero gracias a su estructura química, muy característica, ofrecen diversas propiedades.

Una parte de la molécula es hidrófuga y la otra hidrofílica, es decir, que una parte es atraída por el agua y es soluble en ella, mientras que la otra es todo lo contrario. Esta estructura hace que en contacto con el agua se alineen formando micelas, es decir, se forman burbujas donde las partes internas son hidrofílicas (repelen el agua) y arrastren la materia orgánica desincrustándola de las superficies, tanto las solubles en agua como las insolubles.

Dentro del biofilm la comunidad bacteriana se reproduce y va dispersándose por la instalación, actuando de reservorio de enfermedades.

Su aplicación es generalmente muy sencilla, pues una vez realizada la dilución de trabajo, solo hay que pulverizarla sobre las superficies a tratar, ya sean techos, paredes, suelos, equipos o utensilios, etc. Posteriormente, se debe permitir que la espuma, que se forma automáticamente al pulverizar, se fije durante un corto periodo de tiempo sobre las superficies (si el nivel de suciedad es elevado se aconseja alrededor de 15 a 20 minutos). A continuación, un simple enjuague es suficiente para arrastrar toda la materia orgánica de las superficies tratadas y dejarlas listas para la posterior desinfección.

Es necesario recalcar que posteriormente al uso de las espumas tensioactivas (y en general a cualquier limpieza con detergente) hay que proceder a la desinfección, pues con las primeras realizamos una limpieza a fondo, pero no desinfectamos.

Por: Carlos Miró Corrales, director comercial (Bioplagen) y David García Páez, director técnico (Bioplagen)